Diseñar IA para una sociedad que envejece: la conversación urgente que abre Chile
Investigadores y especialistas chilenos ponen una pregunta incómoda sobre la mesa: ¿quién queda fuera cuando la tecnología imagina un usuario universal?
La inteligencia artificial suele presentarse como una tecnología para “todos”, pero ese todos casi siempre tiene una edad, unas habilidades y una conexión a internet implícitas. En Santiago de Chile, un diálogo entre especialistas en computación, envejecimiento, derecho y ciencias sociales puso el foco en quienes rara vez aparecen en la primera versión de un producto digital: las personas mayores.
La discusión, organizada por el Centro Nacional de Inteligencia Artificial (CENIA) y el Centro Cultural Gabriela Mistral, no giró alrededor de un nuevo dispositivo. Se concentró en una pregunta más fundamental: cómo crear sistemas útiles sin reemplazar vínculos humanos, reducir autonomía ni obligar a abandonar la atención presencial.
El usuario universal no existe
El encuentro del 14 de julio reunió a Claudia López, investigadora de CENIA y la Universidad de Chile; Gonzalo Forsberg, de la Universidad de Talca; Tania Mora, del Servicio Nacional del Adulto Mayor; y Alonso Calderón, del programa 60+Digital. Su punto de partida fue que una IA centrada en las personas puede seguir excluyendo si se diseña alrededor de un ser humano idealizado: conectado, sin limitaciones sensoriales, familiarizado con interfaces digitales y dispuesto a resolverlo todo en una pantalla.
Ese supuesto se vuelve más costoso a medida que Chile envejece. El Censo 2024 mostró que las personas de 65 años o más pasaron de representar el 6,6% de la población en 1992 al 14% en 2024. Las proyecciones publicadas por el INE en 2026 estiman que podrían superar el 40% en 2070. La accesibilidad, por tanto, no es una función secundaria: es una condición de diseño para una parte creciente de la sociedad.
Cocrear en vez de adivinar
Una de las ideas más fértiles del diálogo fue el diseño participativo. No basta con probar un producto terminado con personas mayores; hay que incorporarlas cuando todavía se están definiendo el problema, la interfaz y los límites del sistema. Eso cambia preguntas aparentemente técnicas: cuánto tiempo permanece un mensaje en pantalla, qué ocurre cuando el reconocimiento de voz falla, cómo se explica una recomendación y qué canal humano existe para impugnarla.
La participación también combate una mirada asistencialista. La experiencia de 60+Digital, que según sus responsables forma a más de 4.000 personas mayores cada año, muestra usos que van desde la comunicación hasta la creación de imágenes y piezas de diseño. La demanda no es solo recibir cuidado mediante tecnología: también es aprender, producir y decidir con ella.
Diseñar con personas mayores no limita la innovación. Obliga a hacerla más comprensible, reversible y humana; cualidades que mejoran el producto para cualquiera.
¿Tu producto fue diseñado para envejecer bien?
Marca las prácticas que tu equipo ya puede demostrar. La prueba no certifica accesibilidad: ayuda a localizar la próxima conversación necesaria.
Empieza por escuchar a las personas que usarán la tecnología.
La eficiencia no puede sustituir el cuidado
Los asistentes de voz, sistemas de monitoreo y herramientas conversacionales pueden apoyar rutinas, facilitar acceso a información o detectar señales de riesgo. El problema aparece cuando la posibilidad técnica se convierte en sustitución automática: menos atención presencial, menos contacto social o decisiones relevantes tomadas por un sistema que la persona no comprende.
El panel defendió la permanencia de canales analógicos y atención humana. Esa idea es especialmente importante en servicios esenciales. Si un trámite, una consulta de salud o una ayuda social migra a una interfaz automatizada, la alternativa humana no debería funcionar como excepción humillante, sino como parte normal del servicio. La autonomía incluye poder decir que no a la automatización.
Una agenda concreta para quienes construyen IA
La conversación deja criterios prácticos. Los equipos pueden medir resultados por edad y nivel de alfabetización digital; trabajar con tipografías, contraste y lenguaje claro; ofrecer confirmaciones antes de acciones sensibles; hacer visibles los límites del modelo; minimizar la recolección de datos; y crear rutas de apoyo atendidas por personas. También deben evaluar si el producto amplía la autonomía o simplemente traslada tareas de una institución al usuario.
La historia que emerge desde Chile es regional. América Latina y el Caribe atraviesan un envejecimiento acelerado, mientras gobiernos y empresas automatizan servicios a gran velocidad. Integrar ambas tendencias desde ahora evitará costosas correcciones después. La IA verdaderamente inclusiva no es la que promete hablar por todo el mundo, sino la que aprende a escuchar a quienes el desarrollo tecnológico dejó fuera durante demasiado tiempo.